domingo, 30 de mayo de 2010

En la Modernidad la escuela era la principal fuente de conocimientos y habilidades.
Esta institución nació para garantizarle al Estado-nación la formación de su ideal de sujeto medido siempre por los otros, es decir, nació para formar un ciudadano. Este ciudadano compartiría con los demás una historia, unos símbolos, un tipo de moral: formar
sujetos homogéneos.
Pero con el paso del tiempo la propia ideología del Estado-nación y su rol con lo referente al desarrollo de las tareas de la institución educativa fue cambiando y dándole paso a la ideología del mercado.
Esta nueva concepción, apuntaría su trabajo a la formación de un sujeto ahistórico, asocial, autorreferencial, que ya no mediría sus acciones o posesiones con respecto a los otros sino conforme a los parámetros del consumismo, hecho que no se da por poseer objetos sino por el breve goce de las cosas: de lo material, de lo afectivo, de las relaciones, de los vínculos.
El consumismo determina al hombre a no comprometerse, pues los vínculos según esta ideología, son vistos como amenazas debido a que restringen las libertades individuales y reducen oportunidades de crecimiento y desarrollo. El consumismo apuesta a evitar las posesiones.
En medio de este contexto la escuela pierde todo su significado, se produce un “estallido del sentido tradicional de la escuela”, aquella institución donde podía adquirirse el conocimiento necesario para la inserción en la vida adulta que era dado por el profesor, quien suplía la necesidad del beneficio de educarse y quien poseía plena confianza en sí mismo para formar al alumno, hoy queda desorientada pues pierde su punto de referencia: la formación del ciudadano.
Ya no se busca almacenar conocimientos, pues estos son de un uso instantáneo. Ya no es un “bien preciado”, sino que éste y el acceso a él mismo se han convertido en una mercancía, que de igual modo se devalúa con el paso del tiempo, y es suplantada por una forma renovada que promete dar iguales y mejores resultados en lo que respecta a su aplicación o el acercamiento a la realidad actual.
Ante esto la escuela debe ceñirse de estrategias y aliarse con los avances tecnológicos: La importancia que traen consigo los grandes bloques de información que circulan por los medios masivos de comunicación poseen una relevancia momentánea lo que indica que pronto se producirá un cambio en ellos y esto hará que aquel conocimiento pierda su significado.
Ante esta situación, la escuela debe estar pendiente de estos cambios, pero también debe mediante la adaptabilidad, tomar múltiples formas que se expresan en los nuevos objetivos que se proponen y en el diseño de las nuevas estrategias.
Estos esfuerzos se dan no solo para intentar no perder lugar en la carrera de la formación de sujetos y la inculcación de conocimientos, sino también para
preparar a las generaciones futuras para vivir dentro de este nuevo mundo.
Esta pérdida del sentido de la escuela, dificulta a la misma la resolución de sus problemas actuales e incluso su propia identificación y actitud frente a estos. El Estado se desvincula de la escuela, esta pierde identidad en la sociedad y por ende, el propio docente pierde toda autoridad ante sus alumnos.
En este estallido la nitidez de los roles se nubla: Maestros y alumnos se hallan desconcertados, los primeros no saben qué funciones les corresponden, si han de mantener a sus alumnos moral, afectiva o materialmente, frente a las diversas situaciones socioeconómicas y personales que les toca vivir y estos, enfrentados a múltiples dificultades pierden el interés por educarse, no hallan motivación alguna para finalizar los estudios pues la educación ya no garantiza la movilidad social o la mejora de la propia situación, y optan por renunciar.
Los problemas escolares están fuertemente relacionados con los cambios socioeconómicos, por eso la situación debe percibirse en su singularidad y totalidad, aceptar al sujeto como un ser social y polifónico, de múltiples identidades: alumno, madre, padre, trabajador, etc. E igualmente la escuela, los docentes, los directivos que, a parte de gestionar la educación, pueden movilizar todos los recursos (intelectuales, sensibles, técnicos) y asistir al alumno cuando lo necesite, aun fuera de los limites físicos de la institución.
Es decir que el Estado ya no garantiza ni al docente, ni al alumno, ni a la propia escuela un rol especifico, sino que sus funciones se van desarrollando conforme al contexto en el que esta inmersa, situación que determina muchas veces a todos los actores que participan de ella a cumplir determinadas funciones que salen por completo de la idea fundacional de la institución educativa.



redacción realizada para el SEMINARIO DE LA REALIDAD EDUCATIVA del Profesorado de Ciencias de la Educación, con segmentos de los textos de Silvia Duschatzky "Dónde esta la escuela" y Zygmun Bauman "La modernidad Líquida".
Universidad Nacional del Nordeste,
Facultad de Humanidades.
Año 2010

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